De neologismos y viejetes

24Ene13

Es posible que ésta no sea la mejor manera de empezar un blog que tenga que ver con la lengua, pero qué diablos. Si existe algún manual de cómo hacerlo mejor, pasadme el pdf, que yo no lo he encontrado.

Neologismos, los Justin Bieber entre los lingüistas: odiarlos es guay. Todos miramos por encima del hombro a ese pobre diablo que escribe párking en vez de aparcamiento, de la misma manera que es fácil sonreir ante la presencia en el diccionario de la RAE de palabras tan inverosímiles como güisqui o jonrón, la desfachatez que nos resulta la aceptación de asín (por mucho que se recalque que es vulgar). Imagino que a los pobres académicos les debe pasar como a los árbitros, que sólo se habla de ellos cuando la lían parda (frase hecha que, por cierto, existía antes del mítico vídeo de la socorrista). Incluso en las clases de la universidad más de una vez la gente cuestionó la utilidad de la institución. Desde aquí pues, he decidido romper una lanza en favor de los neologismos, pero no en favor de aquellos con el poder de acuñarlos.

Si bien todas las lenguas evolucionan con la cultura y países que las contienen, en la era de los procesadores doblando su capacidad anualmente y de plantarse en Alemania o Inglaterra por 20 euros ni os cuento: cada día se incorporan nuevas palabras a nuestra habla cotidiana, normalmente porque nuestra lengua carece de un significante para los conceptos que queremos comunicar (crowdfunding), por mera economía (hablar da pereza, y es uno de los motivos para que los idiomas evolucionen) o, en algunas ocasiones, porque cuando se emite el término para definir algo, ese algo ya lleva tanto tiempo entre nosotros que seguimos usando la palabra cotidiana, habitualmente extranjera.

Lo que realmente me parece bobo es esto último.

El tema está en que, en este mundo de innovaciones tecnológicas y revoluciones culturales a escala global, hay que acuñar los términos a la par que cobran popularidad los conceptos que definen, si queremos que alguien los utilice. De nada sirve proclamar el lápiz de memoria cuando ya todos tenemos un pendrive. En este sentido, me imagino a los académicos como un grupo de ancianetes que descubren las novedades tecnológicas cuando no les queda más remedio, o a los que les cuesta aceptar que los piercings van a quedarse alguna década más. Fijo que dentro de quince años aparecerá la entrada pírsin sin que nadie se de cuenta, junto con otras adaptaciones castizas que sólo servirán para cuestionar la eficiencia de los académicos.

Que, mientras se aprueban las paridas ya expuestas arriba, haya tantos neologismos obviamente necesarios a los que se gira la cara cuando ya llevan prácticamente una década establecidos, y que no parece que vayan a cambiar. ¿Cómo puede ser que (siempre hablo del DRAE) ni aparezca la voz hacker, ni se reconozca esta acepción en la entrada de pirata? ¿Cómo diablos decimos «copiar todo el contenido de un disco al disco duro» sin decir ripear? Y de que no exista la acepción de «descargar de Internet» en la entrada de bajar ya ni me quejo, porque ni siquiera la entrada de descargar la contiene.

Un despropósito, oiga. Si queréis saber mi opinión, no tiene sentido forzar el lenguaje. El diccionario debería ser una reproducción de lo que se utiliza en el mundo real: las lenguas se adaptan y evolucionan ellas solitas como han venido haciendo milenios, y la labor de todos aquellos que trabajamos día a día con ellas es la de, sin abandonar en ningún momento la corrección, no intentar establecer lo que es correcto y lo que no.

Esta entrada, por cierto, va dedicada a una de tantas palabras no aceptadas y que en su día me corrigieron una y otra vez, y que seguiré escribiendo con el convencimiento de que algún día estará en el diccionario: clicar.

A modo de postdata, diré que obviamente no incluyo ni las faltas de ortografía aceptadas (el mítico asín), ni todas aquellas voces que definen cosas que están de moda y a las que llegará su merecido sanmartín: putos muffins.

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2 Responses to “De neologismos y viejetes”

  1. a “jonrón” tienes que agregarle “orsay”… y sí, a los putos “muffins” les tienes que agregar también los “cupcakes” de mierda…

  2. Me ha encantado. Tienes más razón que un santo, hijo mío.


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